—Prudencio, ¿sabes qué es lo peor de la gente? —dijo Javier, el discípulo, apenas entrar.
—Que no son como tú quieres que sean —contestó Prudencio sin levantar la vista de su taza de té.
El muchacho abrió la boca, sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque vienes con la cara típica del que ha descubierto, por enésima vez, que el mundo no gira alrededor de sus expectativas. Y créeme, muchacho, esa cara ya la he visto más veces que este mantel.
Javier resopló, dejando caer la mochila en el suelo.
—Es que me siento decepcionado. Esperaba que mi amigo me apoyara en un proyecto, y al final se desentendió.
—Ah… la vieja decepción —Prudencio sonrió con ironía—. ¿Quieres que te dé la mala noticia ahora o después del postre?
—Dímela ya, por favor.
—Tu decepción no es culpa de tu amigo. Es culpa de tu expectativa.
El discípulo parpadeó, incrédulo.
—¿Cómo que no es culpa suya? Si me prometió que estaría.
—No, no —Prudencio levantó un dedo—. Te prometió “mirarlo”, “intentar estar”, “ya veremos”. Tú convertiste esas palabras ambiguas en un contrato firmado con sangre. Y cuando la realidad fue distinta, le llamaste traición.
Javier se removió en la silla.
—Pero… ¿no tengo derecho a esperar algo de las personas que quiero?
—Claro que tienes derecho a esperar. —Prudencio bebió un sorbo de té con parsimonia—. Pero ellos tienen derecho a no cumplir tus expectativas. Y ese pequeño detalle es el que olvidas siempre.
El discípulo bajó la mirada.
—Suena como si nada tuviera sentido. Si no puedo esperar nada de nadie, ¿qué me queda?
Prudencio sonrió de nuevo, esta vez más cálidamente.
—Te queda lo único que nunca te decepciona: tu capacidad de aceptar que cada persona es distinta. Que no todos hemos venido al mundo en el mismo molde. ¿O acaso querrías que todos fueran clones diseñados para satisfacerte?
Javier soltó una carcajada nerviosa.
—Bueno, a veces no estaría mal.
—Sí, claro, y así serías feliz durante cinco minutos… hasta que te dieras cuenta de que la vida sería insoportable sin la diversidad de ritmos, opiniones y hasta meteduras de pata de los demás.
El discípulo guardó silencio. La idea comenzaba a calar.
—Entonces… ¿lo que me duele no es lo que hicieron, sino lo que yo esperaba que hicieran?
—Exacto. —Prudencio aplaudió suavemente, como quien premia a un niño que por fin resolvió un acertijo sencillo—. Tu dolor nace del choque entre tu guion mental y la improvisación de la vida real.
Javier apoyó la barbilla en la mano.
—¿Y cómo se hace para no esperar nada?
—Ah, ahí está el error —replicó Prudencio, con una chispa en la mirada—. No se trata de no esperar nada. Se trata de no culpar a nadie cuando no actúan como tú soñaste. Amar, respetar, acompañar… todo eso incluye aceptar que no siempre estarán a la altura de tu molde.
El discípulo respiró hondo.
—O sea… que tengo que aprender a separar mis expectativas de la persona.
—Exactamente. —Prudencio alzó la taza—. La persona es lo que es. Tus expectativas son una novela que tú escribes en tu cabeza. ¿Quieres vivir enamorado de la persona o de tu novela?
Javier se echó a reír.
—Tocado y hundido.
Prudencio lo observó con ternura.
—Mira, muchacho, la madurez empieza cuando dejas de repartir culpas y empiezas a reconocer cómo tus propios moldes fabrican frustraciones. La gente no está aquí para ajustarse a tu talla. Están aquí para ser ellos mismos. Y tú, si eres sabio, aprenderás a quererlos incluso cuando no entren en tu molde.
El discípulo lo pensó unos segundos.
—Entonces, cuando los demás no cumplen con mis expectativas, no debo culparlos.
—Correcto. Debes agradecerlo.
—¿Agradecerlo? ¿Por qué?
—Porque así te recuerdan que no eres dueño de nadie. Que tu libertad y la suya se encuentran justo ahí, en el respeto mutuo de no pretender ser copias de moldes inexistentes.
Javier sonrió, con un alivio que no había sentido en mucho tiempo.
—Creo que lo entiendo. Mis expectativas no son leyes. Son deseos. Y los deseos no obligan a nadie más que a mí.
—Muy bien dicho —Prudencio levantó su taza como brindando—. Bienvenido al club de los que dejan de culpar al mundo. No es un club muy concurrido, pero te aseguro que se vive más ligero.
Ambos rieron, y en esa risa había una chispa de libertad recién estrenada.

