La tarde estaba gris, con una llovizna ligera que parecía empeñada en recordarle a Clara que la vida, a veces, se viste de melancolía. Entró en la pequeña sala donde Prudencio solía recibirla. Él estaba sentado en su sillón de siempre, con una taza de té en la mano y esa sonrisa serena que resultaba, para ella, tan irritante como tranquilizadora.
—Llegas con el ceño fruncido, discípula —comentó él, sin levantar demasiado la vista—. ¿Vienes a pelear contigo misma otra vez?
Clara suspiró.
—No me soporto, Prudencio. Me equivoco constantemente. Y lo peor es que los demás tampoco parecen soportarme.
Prudencio apoyó la taza sobre la mesa y se inclinó un poco hacia adelante.
—Ah, el clásico drama humano: querer ser perfecta para que los demás aplaudan y, de paso, dejar de castigarte. Dime, ¿ya ganaste algún trofeo en esa competencia?
Ella lo miró con cierta molestia.
—No es un concurso. Es… simplemente que quisiera no fallar tanto.
—Discípula —dijo él con un tono entre serio y juguetón—, acéptate por como eres, con tus aciertos y tus errores. Haz lo mismo con los demás. Si lo piensas, es la única fórmula que funciona a largo plazo.
Clara negó con la cabeza.
—¿Y si acepto mis errores y me acomodo en ellos? ¿Y si nunca cambio?
Prudencio rió suavemente.
—Nadie se acomoda en un cactus, Clara. Los errores pinchan, incomodan. No necesitas azotarte con ellos; basta con escucharlos. Esa incomodidad te mueve a crecer. Pero si conviertes cada error en un juicio contra tu persona, no aprenderás, solo te hundirás.
Ella bajó la mirada.
—Es que me cuesta. Veo que mi hermana lo hace todo mejor, que mis amigos parecen tener más éxito… y yo me siento como la nota desafinada de una orquesta.
—Pues bendita seas por serlo —respondió él, con un brillo irónico en los ojos—. Porque si todos tocáramos la misma nota, la música sería insoportable.
Clara sonrió apenas.
—Siempre me sueltas frases así, como si fueran proverbios inventados.
—Claro, para que suenen más sabios de lo que son —bromeó él—. Pero lo que intento decirte es que tu valor no está en igualarte a los demás, sino en reconocerte en tu singularidad.
Se hizo un silencio breve. Clara lo rompió con una pregunta que parecía pesarle en los labios.
—¿Y si los demás no me aceptan?
Prudencio la miró con esa paciencia que la desarmaba.
—Entonces recuerda que no todos han nacido con el mismo molde, ni con la misma madurez emocional. A veces pedimos a otros que nos ofrezcan lo que ni siquiera son capaces de darse a sí mismos. ¿Cómo van a aceptarte si ellos aún no se soportan frente al espejo?
La discípula se quedó pensando.
—Entonces… ¿aceptarme yo primero, y luego tener paciencia con los demás?
—Exacto —asintió él—. Pero paciencia no es aguantarlo todo; es comprender que cada uno está en su propio proceso.
Ella jugueteó con sus manos.
—A veces siento que aceptar a los demás es como abrir la puerta a que me lastimen otra vez.
Prudencio sonrió con ternura.
—Aceptar no significa rendirse. Significa ver a la otra persona como es, sin idealizarla ni demonizarla. Tú decides hasta dónde quieres abrir tu vida. Pero si esperas que sean perfectos, ya perdiste la partida.
Clara dejó escapar una risa suave, la primera auténtica de la tarde.
—O sea, que ni yo soy tan terrible ni los demás tan monstruos.
—Ni tú tan terrible, ni ellos tan monstruos —repitió él, complacido—. Aunque cuidado: si empiezas a creértelo, puede que descubras que mereces vivir más ligera.
Ella lo miró con gratitud.
—A veces pienso que exageras con tu optimismo.
Prudencio arqueó una ceja.
—Discípula, no es optimismo. Es supervivencia. Yo también meto la pata, ¿sabes? La diferencia es que aprendí a invitar a mis errores a tomar té en lugar de declararles la guerra.
Clara estalló en una carcajada sincera.
—Eres imposible.
—Imposible no, realista con un poco de ironía. Y tú, si decides aceptar tus aciertos y tus errores, serás un poquito más libre. Créeme, merece la pena.
Ella respiró hondo, como si por fin soltara una carga. Quizás la lluvia seguía cayendo fuera, pero dentro de ella algo se había despejado. No era la perfección lo que necesitaba, sino aprender a convivir con lo que era, y con lo que eran los demás.
Y tal vez, pensó Clara, eso sí era un comienzo.

