VIVIR EL PRESENTE: UN MITO NECESARIO

VIVIR EL PRESENTE: UN MITO NECESARIO

Se repite con frecuencia: “vive en el presente, porque el pasado ya no existe y el futuro aún no ha llegado”. La frase suena bien, inspira serenidad y parece ofrecernos una salida sencilla a nuestras preocupaciones. Sin embargo, cuando la observamos desde la neurociencia y la psicología, descubrimos que se trata más de una aspiración que de una posibilidad literal.

Nuestro cerebro no funciona en un “presente puro”. De hecho, ni siquiera lo que vemos, escuchamos o sentimos ocurre en tiempo real: hay un pequeño desfase entre el estímulo y su procesamiento. Lo que llamamos “ahora” es, en rigor, un instante ya pasado que nuestra mente reconstruye.

A nivel mental, esta imposibilidad es aún más evidente. El cerebro humano se desarrolló como una maquinaria de supervivencia basada en dos tareas esenciales: recordar y anticipar. Recordamos para aprender de la experiencia, y anticipamos para prever peligros y planificar el futuro. Sin esta capacidad, nuestra especie no habría llegado tan lejos.

El problema aparece cuando esa misma capacidad se convierte en exceso. La memoria puede transformarse en rumiación: dar vueltas una y otra vez a lo que ya ocurrió y no podemos cambiar. La anticipación, en ansiedad: imaginar escenarios que quizá nunca sucedan y que nos impiden descansar en lo que sí está sucediendo. En ese vaivén constante, se nos escapa el sabor del presente.

¿Quiere decir esto que vivir en el presente es una mentira? No exactamente. Más bien se trata de un mito necesario. Una brújula que nos recuerda que no debemos quedar atrapados en los dos polos naturales de la mente: el pasado y el futuro. El presente, aunque nunca podamos habitarlo en estado puro, es la dirección hacia la que conviene orientar la mirada.

Ahora bien, ¿cómo hacerlo sin caer en la frustración de intentar lo imposible? Aquí la clave está en cambiar una palabra que parece menor pero lo transforma todo: sustituir la esperanza por el asombro.

La esperanza nos proyecta: “ojalá ocurra esto”, “ojalá no suceda aquello”. Es un deseo de que la realidad se acomode a nuestras expectativas. El asombro, en cambio, nos ancla en la aceptación: “esto es lo que hay… y me permito sorprenderme de ello”. El asombro no exige, no condiciona, no negocia. Simplemente abre la puerta a experimentar lo que el presente trae, con sus luces y sus sombras.

De esta manera, no se trata de borrar el pasado ni de dejar de planificar el futuro, sino de no quedar prisioneros de ellos. Podemos recordar con gratitud, aprender con humildad, planificar con sensatez… y, al mismo tiempo, vivir con asombro lo que la realidad nos ofrece ahora, aunque no se parezca a lo que esperábamos.

Ese cambio de enfoque es lo que permite que la vida no se nos escape en pensamientos repetitivos ni en expectativas frustradas. Quizá nunca vivamos en un presente absoluto, pero podemos vivir en un presente suficientemente real para que valga la pena.

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